El palacio de los espejos
Texto: M.G. Blázquez

Pocas calles en Madrid reúnen en tan escaso tramo edificios monumentales como la de Santa Isabel: Cine Doré, Convento de Santa Isabel, Colegio de Médicos y el antiguo Hospital de San Carlos transformado en Museo Reina Sofía. Entre todos ellos, las dos uniformes fachadas del palacio de Fernán Núñez, que nacen con la esquina de la calle de San Cosme y San Damián, apenas dejan entrever la riqueza ornamental y arquitectónica de uno de los edificios históricos más desconocidos de la capital.
Se podría decir que este palacio tuvo suerte. Sobre todo, cuando en 1941 pasó a manos de la recién creada Red Nacional de Ferrocarriles Españoles, que aglutinaba los activos de buena parte de las diferentes líneas de un transporte ferroviario que sobrevivían en una España recién salida de las calamidades de una guerra y que llevó al abandono y deterioro a otros edificios similares de la ciudad. El haber estado ocupado y haber recibido y recibir periódicas rehabilitaciones ha sido fundamental para que se pueda asegurar que en la empinada calle madrileña se guarda un tesoro.
Los dos inmensos portones gemelos de madera que dan paso al zaguán actúan como lugar de tránsito para adentrarse en las emociones que la aristocracia del siglo XIX, con dinero, logró transmitir a los dueños de la casa; o a las numerosas visitas que se postulaban para formar parte de alguna de las famosas fiestas o tertulias que se prodigaban en sus salones y que rellenaban páginas en las revistas especializadas en las crónicas de sociedad. Los tiempos convulsos y de transformaciones sociales que se vivían en la España de la época –regímenes absolutos que tímidamente se abrían paso a las ideas más liberales y de la burguesía– a buen seguro que crearon en los rincones de este palacio alguna que otra intriga.


El Salón de Baile del Fernán Núñez compitió en gusto con otros salones de baile palaciegos famosos en Madrid: los de los palacios del Duque de Santoña, hoy Cámara de Comercio, del Marqués de Linares o del Marqués de Cerralbo

Infraestructuras y palacios
El Madrid de mediados del XIX también se transformaba físicamente, especialmente en el entorno cercano a la hoy popularmente conocida como Glorieta de Atocha.
Cuando en 1847 se proyectaba la gran reforma del Palacio de Fernán Núñez –que dio como resultado lo que ha llegado hasta nuestros días–, se estaban realizando las obras de uno de los símbolos del progreso decimonónico, la Estación del Mediodía (Atocha); la aristocracia y la burguesía, a veces ambas cosas, competían entre sí en palacios monumentales como el del Marqués de Salamanca, el de Linares o el de Gaviria.
El arquitecto Martín López Aguado fue el encargado de transformar el antiguo palacio que años antes había levantado su padre, Antonio López Aguado, y que ocupaba parte de lo que fueron antiguos terrenos y huertas del Convento de Santa Isabel; éstas, a su vez, pertenecieron a La Casilla, famoso lugar de ocio y placer de Antonio Pérez, secretario de Felipe II.

Ornamentación espectacular
El recorrido por los salones es una continua sorpresa del suelo al techo. Casi no queda rincón donde no destaque un reloj Rimbault o un Paul Garnier de la colección de la FFE, un jarrón de porcelana de Sèvres; un sillón Luis XVI con capitoné acolchado, tan en moda en la época isabelina; una alfombra de la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara; un suelo revestido en mosaico con maderas de caoba, palosanto, roble o limoncillo, tan nobles –al menos– como quienes pisaban los salones; además de lámparas de cristal de Baccarat o Murano, cortinas de seda de Lyón con brillantes estampados o paredes con pinturas de Palmaroli o tapices inspirados en pinturas de Goya. Esplendor decorativo que era el encargo más importante realizado al arquitecto Martín López Aguado para convertir el palacio en la residencia más lujosa de la aristocracia madrileña. Una vez superados los trabajos de ampliación y estructura, las tareas en el interior se aportarían la singularidad al edificio. Para ello se contó con la experiencia y el gusto del escenógrafo y pintor valenciano Joaquín Edo del Castillo. Si algo sigue sorprendiendo en este palacio es el acierto en el uso y situación de los espejos en casi todos los salones.

 
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