La historia de Sudáfrica es, posiblemente, una de las más sangrientas de todo África, desde que Jan Van Riebeeck organizó, en 1652, donde ahora se alza Ciudad del Cabo una pequeña estación agrícola para abastecer de fruta y hortalizas frescas a los barcos holandeses que cubrían la ruta de Europa al sureste asiático.
El nacimiento del país vivió primero la pugna territorial entre los llamados bóers o afrikáners (colonos calvinistas de recias creencias religiosas que llevaban en una mano el revólver y en otra la biblia) y los ingleses ávidos por ampliar su imperio de ultramar.
Décadas después, le tocó al país sufrir un régimen racista, Apartheid, que finalmente tumbó en 1990 la larga lucha pacífica de Nelson Mandela y el obispo Desmond Tutú, entre otros muchos.
Pueblos indígenas
Sudáfrica, además, es la historia de pueblos indígenas que se vieron diezmados en el período colonial, no sin antes plantar cara al europeo como hizo la tribu de los zulúes.
De las raíces más profundas sudafricanas son la familia De Beers y sus minas de diamantes, el aventurero sin escrúpulos Cecil Rhodes, el implacable bóer Paul Kruger, el cirujano Christiaan Barnard, que realizó el primer trasplante de corazón en 1967, y las miles de vidas anónimas que aun hoy buscan resituar el país en el lugar que se merece como una primeras potencia económica del continente.
El sueño de Rhodes
La construcción del ferrocarril desde Ciudad del Cabo hacia el norte era una forma que los ingleses tenían de acabar con el mundo afrikáner, aislado en el interior del país y con gran autonomía. En 1870, se descubren las minas de diamantes en la región bóer de Orange y el inglés Cecil Rodhes, imprescindible en la historia de Sudáfrica, aceleró la construcción de la línea férrea para mayor grandeza del Imperio Británico y de su fortuna personal. En 1895 el ferrocarril ya conectaba Ciudad del Cabo con Johannesburgo. Cuando el tren viajaba de norte a sur se le llamaba Unión Express y cuando hacía la ruta a la inversa, Unión Limited.
|