Estación vieja de Alicante, primera novia del mar
 


cortesía de FreeFind
 
 
   
 
Más de 300.000 personas transitaron durante el mes de julio pasado por la Estación principal de Alicante –llamémosla ‘de Madrid’–. A lo largo de todo el año 2006, fueron más de 3’2 millones los transeúntes que registró esta terminal ferroviaria, la que más tiempo ha perdurado entre las primitivas construidas en España en el siglo XIX. La cifra no puede ser más elocuente; compárese: en julio de 1888, 30 años después de inaugurarse la línea, ¡3.500! madrileños llegaron en tren a Alicante para descubrir, a su modo, el mar Mediterráneo. Poco más tarde, los populares ‘trenes-botijo’ se convertirían en una castiza expresión de la españolidad ferroviaria.
   
Texto: Gonzalo Garcival
 

El Consejo de Administración ha decidido, en su sesión del 29 del corriente, que se haga saber su satisfacción a los agentes y empleados de la línea por el orden y la perfecta regularidad con que se ha verificado el viaje del Tren Real desde Aranjuez a Alicante”. Es el tenor literal de la orden del día, fecha 31 de mayo de 1858, que firmaba el director general de los Ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y a Alicante felicitándose del éxito del viaje inaugural de la Reina Isabel II, cuya estancia en la capital alicantina se vio rodeada de pompas y fastos espectaculares, así terrestres como marítimos.
Pedro Antonio de Alarcón los describió con todo lujo de detalles en la revista El Museo Universal. Por fin, la reseca población de Madrid podía disfrutar de sus primeras playas y gozar de las brisas del mar y, por su parte, el marqués de Salamanca, promotor de la nueva infraestructura, ver materializada su aspiración de unir la Corte madrileña con el litoral mediterráneo.
Quedaba atrás la controversia entre Alicante y Cartagena que habían defendido su respectivo mejor derecho a ser el término del eje ferroviario Madrid-Mediterráneo. Como ocurriría luego con el pique entre Segovia y Ávila, y vista aquella disputa desde la perspectiva de la red de Alta Velocidad ahora en pleno desarrollo, las demandas de alicantinos y cartagene

Madrid-Alicante; aquellos esponsales, más que una conexión ferroviaria parecían una recíproca declaración de amor

De cualquier manera, la opción Alicante gozaba de buenos valedores ya desde el tiempo en que el oriundo Pedro de Lara precedía a José de Salamanca en la promoción y concesión de la futura línea, originariamente bautizada ‘Camino de Hierro de María Cristina’.
Y prioridades o preferencias aparte, acabó siendo Alicante la sexta capital de provincia en contar con tren. Y con qué expectación: “En las Estaciones de Madrid, Aranjuez y Alicante se encuentran a menudo empleados de la Compañía que vienen a presenciar la salida y llegada de los trenes, o que, provistos de permisos de circulación, aguardan la salida obstruyendo así los andenes de dichas estaciones (…)”, denunciaba el director general de MZA (el señor Déglin) en su orden de servicio a 1 de marzo de 1859.
El danés Hans Christian Andersen pinta un ambiente ferroviario no muy distinto en su visita a Alicante, vía Almansa, en ‘Viaje por España’, de 1862.

Gran ilusión de Salamanca
Pero la memoria –naturalmente, la histórica- es efímera, ya nadie recuerda la poesía de agradecimiento que don Francisco Tordera Lledó dedicó, en lengua valenciana, al marqués de Salamanca (“Pues, señor, que le diremos / que muestre la gratitud / del pueblo que ha merecido/ ser el Puerto de Madrid?...).

La transformación de que fue objeto (la estación) para ampliar el vestíbulo desmontó el pórtico neoclásico y cerró de forma plana el espacio entre los cuerpos laterales

Coincidencia onomástica
Madrid-Alicante; aquellos esponsales, más que una conexión ferroviaria parecían una recíproca declaración de amor. Qué fascinante jumelage de las dos ciudades, con coincidencia onomástica en torno a ambas estaciones de término junto a un Cerrillo de San Blas vecino de Madrid-Atocha y un Barranco de San Blas en la de Alicante.

Una impresionante imagen
En clave de crónica negra, fue escenario del trágico accidente del tren procedente de Andalucía al mediodía del 4 de octubre de 1912. Averiado el freno de la locomotora, el maquinista no logró evitar que el convoy rebasara las toperas, perforase la fachada del lado calle y dejara a la máquina como bajando la escalinata del edificio que entonces tenía aspecto de templo grecorromano. Un siniestro tan espectacular, que sus consecuencias se dijo que fueron filmadas por las “casas cinematográficas Marin y Pathé” (¿quién ha visto tal joya del celuloide, que uno no conoce?) y que sin duda remite a imágenes análogas como las que ofrecen percances similares; o sean, el registrado años antes en la estación bilbotarra del primitivo Bilbao- Tudela o en la de Paris-Montparnasse (1895), de acuerdo con la impresionante foto de Godefroy &Gaillard.

O, si vamos al terreno de la ficción, algo parecido a lo que ocurre al final de la película norteamericana ‘El Expreso de Los Ángeles’.