Quien viaje en estos meses a la ciudad belga de Amberes podrá comprobar que las cosas han cambiado, y mucho, en cuanto a sus infraestructuras ferroviarias. Desde hace ocho años, esta ciudad ha renovado por completo sus líneas férreas y la Estación Central, verdadero centro neurálgico del transporte por ferrocarril.
Esta mítica estación, conocida como la ‘catedral de las estaciones’, se prepara así para afrontar el nuevo siglo y las crecientes demandas de transporte en el eje norte-sur del noroeste europeo.
Amberes es la urbe más importante del norte de Bélgica, un área de influencia flamenca conocida históricamente como Flandes. Su gran puerto comercial hizo que la ciudad tuviera una edad de oro en el siglo XVII y desde entonces, con lógicos altibajos, siempre se ha mantenido como un centro vital y puntero del comercio internacional.

Cien años de vida
Fue en el año 1905 cuando la Estación Central de Amberes abrió sus puertas a los primeros viajeros. En aquel entonces, la ciudad belga vivía un momento de esplendor económico y comercial. Su pujante burguesía dominaba buena parte de las transacciones comerciales entre Bélgica, Holanda, Alemania y Francia, sin olvidar el tráfico de ultramar con las colonias.
El encargo de construir una estación de ferrocarril lo suficientemente amplia como para absorber el creciente tráfico y, a su vez, ser un estandarte del poderío económico de la ciudad recayó sobre el arquitecto Louis de la Censerie, amigo personal del mismísimo rey Leopoldo II, una figura de gran peso político en Europa a principios del siglo XX. Si bien Bélgica era -y sigue siendo- un pequeño país, también participaba por aquel entonces de las políticas coloniales de las grandes potencias europeas, especialmente en África, lo que otorgaba al rey Leopoldo II un peso preponderante en el contexto internacional tanto político como económico.
En 1976 los expertos diagnosticaron la ‘enfermedad’ de la estación: la piedra usada en su construcción no aguantaba el paso del tiempo
De la Censerie ideó un gran edificio, majestuoso en sus trazas y decoración. Lo remataban unas fastuosas torres y una gran cúpula central que se alzaba a 60 metros de altura sobre un imponente hall con los suelos de mármol. En la construcción todo estuvo pensado y diseñado para ensalzar la grandeza belga, el pequeño país que quería mostrar al mundo su poder e influencia. No se sabe muy bien si fue de la Censerie o el propio rey Leopoldo II quien decidió que todos los materiales utilizados para la construcción de la estación fueran de origen belga. Así, se utilizó acero de las fundiciones del país, mármoles del valle de Mouse y la piedra llamada Vinalmont para su fachada exterior. De la Censerie murió en 1909, cuatro años después de inaugurar su estación.
