Billy Wilder, la mejor locomotora de Hollywood
 


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El director vienés, del que este año se celebra su centenario, siempre tuvo especial predilección por un ferrocarril con el que se cruzaría en momentos trascendentales de su agitada vida. Tal vez sea debido a esta estrecha implicación sentimental por lo que prácticamente no haya película de su extensa filmografía en la que no aparezca un tren.
Texto: Jesús Silva
 

Alguien comparó el ferrocarril con una cinta cinematográfica que corre enseñando las vidas de los viajeros que ocupan cada coche. Esta original imagen seguro hubiera entusiasmado a Billy Wilder que siempre tuvo por el ferrocarril una especial predilección, tal vez porque formó parte inseparable de su vida: De niño, el director austriaco tuvo un temprano encuentro con él, al ser su padre, Max Wilder, dueño de una cadena de cafeterías en la línea Viena-Lvov.
En aquellos tiempos, recordaba el director en la imprescindible biografía de Hellmuth Karasek, “cuando el tren paraba, los viajeros bajaban y entraban en el restaurante a comer hasta que el jefe de estación tocaba una gran campana para que subieran de nuevo”. Una amistad a primera vista que después estrechó en su mucho ir y venir por el mundo.
Al tren, por ejemplo, le debe la entrevista más significativa de su carrera como reportero en el diario alemán Die Stunde. La cosa fue de así: Billy, como le llamaban sus allegados, se enteró de que el tren donde iba el entonces hombre más rico del mundo, sir Basil Zaharoff, pararía en Viena. Nadie había conseguido ver al personaje, hasta que un joven Wilder logró colarse en el coche del magnate, con esa mezcla de tenacidad y desfachatez que le llevaría a lo más alto de la meca del cine.

Billy Wilder siempre tuvo por el ferrocarril una especial predilección, tal vez porque formó parte inseparable de su vida

Como reverso, el ferrocarril sería después el causante de su primera bronca laboral. En la película ‘Emil y los detectives’, producida por la poderosa UFA y dirigida por el alemán Gerhard Lamprecht, incluyó una escena en la que su protagonista, el niño que titula la obra, sufre alucinaciones en un tren tras ingerir un bombón relleno de droga que le ofrece un desconocido. Parece que el autor de la historia, Erich Kästner, creía que la secuencia desvirtuaba o pervertía el episodio original en el que el niño sufre una extraña pesadilla tras quedarse dormido. En el delirante episodio, cierto que algo subido de tono para el público infantil al que iba dirigido, hay un momento psicodélico, en el que el compartimento donde viaja Emil se alarga y ensancha por efecto del alucinógeno.
Wilder hace un uso onírico parecido del ferrocarril en otra de las películas de su periodo berlinés como guionista. Se trata de ‘Eim blonder Traum’ (Un sueño dorado), donde aparece un elaborado sueño en el que la protagonista, Jou-Jou, ingenua y esperanzada aspirante a estrella, se imagina que una locomotora se ha enganchado al coche donde vive, transportándola por Europa, cruzando el Atlántico y atravesando Norteamérica hasta Hollywood. La escena es premonitoria si se quiere; una especie de desiderata cinematográfica por cuanto, años después de la proyección del musical, Wilder acabaría haciendo un recorrido similar en su huida del horror nazi.

Llegada a la tierra prometida
Wilder no tuvo precisamente una acogida alentadora en Estados Unidos. Los dos primeros días se quedó en casa de su hermano, en Baldwin, Long Island, hasta que tomó un tren de la compañía Twentieth Century hacia los Ángeles. En sus memorias recordaba burlón que, cuando su tren se detuvo en la céntrica estación de Los Ángeles, no había ningún emisario de Hollywood para recibirle. Sólo su amigo Joe May, en cuya casa se alojaría una temporada, le esperaba en el andén.

Wilder no era hombre que se arredrase ante las dificultades. Sólo tres años después de su llegada, en 1937, firmaba junto con su inseparable Charles Brackett una de las comedias más brillantes de los años 30: ‘Medianoche’.

Cuando el Billy Wilder se retiró definitivamente en 1981, a su espalda quedaban más de 60 películas escritas y 26 dirigidas

En la cinta, Claudette Colbert encarna a una corista americana que atraviesa un momento financiero pésimo del que escapará por uno de esos felices azares que tanto gustaban al vienés. Además de sus clásicos enredos, el film rebosa de las agudezas que hacen de Wilder un guionista excepcional. Es sintomático ese inicio en el que Eve llega a la estación del Este de París en plena noche. “¿Quiere que le lleve el equipaje?” pregunta el mozo de la estación. “¡Ojalá pudiese!” contesta ella. “¿Dónde está?” prosigue el mozo. “Montepío Municipal, Montecarlo”, responde la jugadora empedernida.
Años después, Wilder y Brackett volverían a colaborar en otro éxito de taquilla, esta vez bajo la batuta de Ernst Lubitsch. Protagonizada por una inconmensurable Greta Garbo