La novela negra halla sitio en el tren
 


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Desde el nacimiento de la novela negra, allá por los años 20, el tren ha servido de escenario preferente a los maestros del género. Sus pasillos estrechos y alargados, sus angostos compartimentos, su constante trajín de viajeros e interventores, lo convierten en fondo idóneo y singularísimo para todo tipo de encuentros y encontronazos.
Texto: Jesú Silva
 

Se puede pensar que el asesino de ficción sólo encuentra en el tren problemas logísticos para llevar a cabo su objetivo. Y, sin embargo, el hecho de que a veces sea capaz de superar todas estas ‘incomodidades’ añade una tilde de intensidad y desconcierto al lector de novela negra, que considera este tipo de actos un poco a la manera del escritor inglés Thomas de Quincey, es decir, como una de las Bellas Artes. Así, a mayores dificultades y escollos superados, más refinadas, audaces y asépticas son las maneras del homicida y mayores, por tanto, los méritos de su perseguidor a la hora de atraparle.
La reina del crimen, la británica Agatha Christie supo ver enseguida estas cualidades y comenzó a llenar la red ferroviaria inglesa de contornos humanos de tiza. El misterio del tren azul (1928), Asesinato en el Orient Express (1934), El tren de las 4.50 (1957), son algunas de sus novelas más conocidas y exitosas. En todas, Christie utiliza la trama detectivesca donde, en el desenlace de la novela, siempre contesta a la pregunta: “¿quién es el asesino?”.

Extraños en un tren tuvo un doble valor: ser la primera obra de Patricia Highsmith y convertirse en éxito de taquilla en versión de Hitchcock

‘Patricia Highsmith, que también vio inmediatamente los atractivos del ferrocarril, añadió, en cambio, una nueva e inquietante faceta. En su opera prima, Extraños en un tren (1951), sus dos protagonistas, Bruno y Guy, planean el asesinato de su padre y su esposa respectivamente.
Lo curioso es que ninguno de los dos se conoce, con lo que se produce una de esas azarosas confluencias de intereses que, además, se resuelve en el lugar más discreto y apartado del mundo: el compartimento de un tren.

Un género que llegó pronto a España
La novela negra llegó pronto a España. ‘El halcón maltés’, por ejemplo, fue traducido al español y exhibido en quioscos y librerías en 1932, tan sólo dos años después de su publicación en Estados Unidos (decir, como curiosidad, que su autor Dashiell Hammett (en la foto) trabajó una temporada como mensajero y mozo de estación para los ferrocarriles de Baltimore y Ohio.

Durante los años 40 también llegaron las novelas de Raymond Chandler, publicadas por la editorial Molino en su colección Selecciones de Biblioteca Oro, y las de Erle Stanley Gardner protagonizadas por el detective Donald Lam. Y un decenio después, el escritor Gabriel Ferraté tradujo para Planeta una colección de relatos de Hammett.

Los casos reales
El sastre Franz Müller tiene el dudoso honor de ser el autor del primer asesinato cometido en una línea férrea. Mató el 9 de julio de 1864 a Thomas Briggs en un tren entre Bow y Hackney Wick, y arrojó el cadáver a la vía. El motivo fue el robo, pero el crimen se perpetró tan apresuradamente que el malhechor sólo tuvo tiempo de arrebatar a su víctima un reloj de oro, dejándole el dinero. En su precipitada huida cogió el sombrero del muerto en lugar del suyo, poniendo en bandeja a los detectives londinenses la pista para su detención. El autor del segundo asesinato fue Percy Mapleton (alias Lefroy) y en el tercero, caso sin resolver, se halló el 12 de julio de 1897, en la estación de Waterloo, el cadáver de una mujer en un compartimento del tren procedente de Feltham. Se pueden contar hasta seis crímenes en el ferrocarril inglés entre 1890 y 1910, casi todos con el robo por móvil.

Si alguien merece el título de ‘príncipe del horror’ es el húngaro Sylvestre Matuschka, que descubrió que experimentaba gran placer sexual viendo accidentes ferroviarios y se dedicó a provocarlos. El 12 de septiembre de 1932 un tren de la línea Bia-Torgaby descarriló causando la muerte a 22 personas. Un año antes, habían descarrilado el Viena-Pasau y el expreso de Viena, sin víctimas.