La colosal novela de Rafael Sánchez Ferlosio, Premio Nadal en 1955. En este último aniversario hacemos hoy parada.
Nadie más de fiar, por sabio y magnánimo, que Miguel Delibes para enaltecer el valor de la obra que consagró a Rafael Sánchez Ferlosio como uno de los campeones de la narrativa española en el siglo XX. “Para mí -escribía Delibes- es el primero, porque su libro fundamental, ‘El Jarama’, se ha erigido en patrón de no pocos narradores que han ido apareciendo con posterioridad; esto es, ha hecho escuela".
El gran escritor y periodista castellano dejaba sentado además: "Si a mí se me pidiese un nombre, uno solo, entre los aparecidos en la novela española de posguerra, con mayores posibilidades de supervivencia, con categoría suficiente para afrontar la inmortalidad literaria, yo daría sin vacilar el de Rafael Sánchez Ferlosio". Palabra de nieto de ferroviario, la de Miguel Delibes.
Leer -o releer- en clave ferroviaria 'El Jarama' es el mejor consejo que dar se puede cuando se cumple el primer medio siglo de su publicación
‘Puede que a Sánchez Ferlosio, Premio Cervantes de 2004, le traiga al fresco la arruga en su imagen personal; sin embargo, su libro muestra un cutis de adolescente. ¿Cuántas veces pasa el tren por ´El Jarama´? Pues muchas, oiga: salvo error u omisión, en 23 páginas -de un total de tantas como días tiene el año en las ediciones clásicas de Destino- el ferrocarril es un ´personaje´ de sostenida presencia. Suficiente muestra se advierte en este largo periodo de la página 156: “La campana de latón dorado repicaba contra el ladrillo renegrido de la estación, bajo el largo letrero donde ponía: ‘San Fernando de Henares-Coslada’. La tercera estación desde Madrid: Vallecas, Vicálvaro, San Fernando de Henares-Coslada. Después el tren que venía de Madrid entraba rechinando a lo andenes. En el tercero, casi vacío, un viejo y una muchacha con una blusa amarilla, que traían a los pies un capacho de rombos de cuero negros y marrones, le dijeron adiós al de la chaqueta blanca, que había venido sentado en el asiento de enfrente. ´Buen o viaje´, dijo él. Permaneció en el balconcillo hasta que el tren se detuvo. Se apearon diez o doce y salían cada uno por su lado, de la estación abierta al campo y al caserío disperso. Detrás, el tren arrancaba de nuevo; el individuo se paró junto a la caseta de la lampistería y volvió la cabeza: desde el vagón en marcha lo miraban la chica y el viejo. Luego salió por entre los dos edificios; para pasar apartó unas sábanas tendidas a lo largo. Había tres camionetas alineadas detrás de la estación; las gallinas picoteaban en el polvo, junto a lo neumáticos. El pozo. Por la parte de atrás era una casa como otra cualquiera, con las viviendas de los de la Renfe, sus gallineros, el perejil en la ventana, sus barreños y sus peanas de lavar(...)".
