Ávila y Segovia, tan lejos y tan cerca
 


cortesía de FreeFind
 
 
   
 
En 1852 Ávila y Segovia, afables vecinas, se enzarzaron en una pelea que saltó a la prensa. Durante varios años estas dos ciudades castellanas se disputaron el ansiado paso del ferrocarril en una polémica difícil y costosa que acabó retrasando el estreno del camino del Norte
   
Texto: Jesus Silva
 

Los primeros pasos del ferrocarril en España fueron, en muchos casos, lentos y titubeantes. Algunos políticos, sabedores de la importancia del nuevo medio de locomoción para el desarrollo de sus regiones, pujaban para que recorriera sus demarcaciones. Con el traqueteo del tren venía el progreso, el futuro, la industrialización que revitalizaría a sus deprimidas comarcas, aún sumidas en el pozo de un agrarismo antiguo y misérrimo.

De genio resolutivo, el marqués de Salamanca, contratista de la línea, no veía con buenos ojos los constantes retrasos

Disputadísimo fue el primer trazado de la Línea del Norte, en el que dos capitales, Segovia y Ávila, se enzarzaron en una discusión por el paso del ferrocarril que trascendió a los periódicos. Durante mucho tiempo la prensa regionalista quiso tomar cartas en el asunto y hacer fuerza común con sus políticos, publicando día sí día también estudios y alegaciones en favor de una u otra propuesta. También hubo intercambio generoso de acusaciones, lo que da una idea de la fuerza con la que había atracado en nuestro país este , llamémoslo, utopismo tecnológico.
Antes de que las dos ciudades se enfrentaran, la indefinición del proyecto para la construcción de la Línea del Norte ya avisaba una empresa ardua y costosa. En principio, se otorgó la concesión a las corporaciones vizcaínas, que bebían los vientos por llevar la línea por Bilbao en su última sección. A tal fin, hicieron venir de Inglaterra en el año 1846 a un ingeniero inglés, Mr. Ross, cuyo principal objetivo consistía en salvar en el papel el paso de la Sierra de Guadarrama. Tras mucho andar y desandar caminos, el inglés concluyó que la mejor forma de superar la Cordillera Carpetovetónica era atravesándola con un túnel de 17 km de longitud que fuese a encontrar el cielo abierto cerca de Arévalo. La solución, demasiado audaz para la época, intimidó a propios y a extraños. Tanto, que el asunto quedó en el aire y no se volvió a hablar de él.

El paso de la Sierra terminó siendo un reto para los ingenieros españoles. Uno de ellos, José Almazán, propuso tres años después una solución para salvar la barrera montañosa. Almazán, natural de Ávila, barrió para casa al dibujar un trazado que, superando la Sierra por el Puerto de las Pilas, hacía parada en la ciudad amurallada. El trabajo gustó y tuvo buena acogida, hasta el punto de que una información parlamentaria de 1850 recomendaba la realización de este proyecto.
En 1852, el gobierno de Bravo Murillo encargó un estudio comparativo al ingeniero Máximo Perea. Parece ser que, en un principio, Perea avaló el estudio de su antecesor dictaminando que el paso por el Puerto de las Pilas era posible. Y es aquí cuando entró en liza Segovia, hasta entonces, como dormida en la inopia.

Los segovianos defendían que, en lo referente a preeminencia y posibilidades, su industria y producción no tenían nada que envidiar a la de sus vecinos

A Segovia no le convencieron las razones esgrimidas por el ingeniero y presionó al Ministerio de Fomento para que ordenase un nuevo estudio. Las quejas fueron escuchadas y, al final, Perea hubo de reconocer los pasos de la cordillera indicados por la Comisión Segoviana. El dictamen se extendió el 29 de junio de 1852 y en él reiteraba su preferencia por el trazado abulense. Entonces los segovianos, inasequibles al desaliento, alegaron que su propuesta no había sido estudiada, sino simplemente descartada, y exigieron nuevos reconocimientos y estudios. De nuevo accedió el Gobierno a las insistentes peticiones. Esta vez, para evitar suspicacias, nombró una comisión de tres reconocidos ingenieros: Arriete, Bausá y Madrid-Dávila. Tras un exhaustivo análisis, todos convinieron en las dificultades de los trazados de Navacerrada y Fuenfría, pero hallaron un paso por un túnel de 2.400 m situado en la depresión de La Serranilla que beneficiaba el camino por Segovia. Así se retomaba la idea esbozada por Mr. Ross seis años antes. La Comisión Arriete no pudo, sin embargo, concluir el trazado por una inexplicable salida de escena.

Una odisea moderna
Esta Línea del Norte, tan allegada a la realeza al pasar por sus lugares de veraneo (Santander, San Sebastián, La Granja...) es al mismo tiempo la vía por la que han salido del país dos monarcas derrocados. Primero, con destino a Hendaya la reina Isabel II “la de los tristes destinos” y por allí escaparía la familia real el 14 de abril de 1931, recién proclamada la II República. De este viaje hay pormenorizada noticia por el informe que redactó Luis Razquin, maquinista del convoy. Si damos crédito a sus palabras, el ambiente estaba especialmente caldeado aquel día y hubo que ingeniar una serie de estrategias para evitar males mayores. La familia real no tomó el tren en Príncipe Pío, sino en El Escorial, donde se enganchó el coche-salón que les habría de llevar a la frontera.