Una estación en León... que no la tiene Madrid
 


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En los años 1970-80 proliferó una pegatina de promoción turística con el eslogan ‘Rincón por rincón, León’. Desde mucho tiempo atrás, en la capital del Viejo Reino se decía que la estatua monumental de Guzmán el Bueno, en la glorieta de su nombre, arrojaba su daga como diciéndonos: "Si no te gusta León, / allí tienes la estación". Pero quizás se ignoraba que la estación (antigua del Norte, que la otra es la del Ferrocarril Bilbao-La Robla) y su entorno fabril y ferroviario son de por sí un memorial de la historia moderna de la ciudad.
   
Texto: Gonzalo Garcival
 

Falta poco para que León cumpla el siglo y medio como punto de entronque de las línea férreas del Noroeste, Galicia y Asturias, infraestructuras de ardua ejecución cuyas proezas dejó descritas Ricardo Becerro de Bengoa en sus guías de Palencia a La Coruña por un lado y de Gijón por el otro. Un emplazamiento estratégico en la comunicación de las regiones galaica y astur con la Meseta, con Madrid siempre al fondo. La semblanza ferroviaria de León es un modelo de difícil comparación, en lo que a capital humano se refiere, con la mayoría de los núcleos de la red nacional de los caminos de hierro.
Tras los tanteos consabidos, típicos en el origen de casi todos los proyectos de esta especie, municipio y empresa concesionaria (inicialmente la Compañía del Ferrocarril de Palencia a Ponferrada, después del Noroeste, etc.) acuerdan establecer el edificio terminal y las instalaciones complementarias en la margen derecha del Bernesga, río que remonta el eje León-Gijón hasta el Puerto de Pajares, por donde nace.

Municipio y concesionaria acuerdan establecer el edificio terminal en la margen derecha del río Bernesga

Este curso que agua, que Jovellanos exaltó en oda dieciochesca, es el que avizoraban Azorín y Ortega y Gasset -por cierto, diputado a Cortes una vez por la provincia leonesa- en sus notas de visita a la ciudad. Para conectar la estación con el casco urbano, el ingeniero y además notable arqueólogo que dirigió el tendido de la línea desde Palencia, Eduardo Saavedra y Moragas (1829-1912), diseñó el puente de hierro que, por esos tiras y aflojas de la autoridad local, no se abrió hasta 1868, o sea casi cinco años después de que el tren inaugural entrara en la estación. Aconteció eso el 23 de agosto de 1863, fecha que tuvo un concertante un tanto romántico: el haraquiri´ del periódico regional ‘El Esla’, que, fundado para activar el paso del ferrocarril por tierras leonesas, renunció a su existencia el mismo día en que el tren alcanzaba la vetusta Corte de Ordoño II.

Zurdo Olivares, un ferroviario insólito
Emerenciana-Paz Juez -en ‘Vía Libre’, agosto 1992- nos puso en la pista de uno de los personajes más curiosos en los anales del Ferrocarril en España. Luis Zurdo Olivares: ‘Un maquinista de Norte, pionero en el movimiento obrero ferroviario’, titulaba E.P. Juez. No es gratuito valorar a este hombre polifacético, de frenética vitalidad -periodista, editor de revistas de divulgación profesional, díscolo subordinado, defensor de causas perdidas, concejal en el Ayuntamiento de Barcelona, amigo de Ferrer Guardia, interventor en ruta en MZA, masón, en cierto modo grafómano...-

Luis Zurdo Olivares fue un personaje singular que desarrolló una parte de su vida ferroviaria en León

Figuras singulares
El interés del núcleo de León como cantera de figuras singulares en el ámbito de la mitad Norte de la red ferroviaria es claro. Alrededor de sus talleres, depósito de Tracción Vapor y demás dependencias han nacido, crecido, se han formado y han laborado cientos de trabajadores de todas las categorías y especialidades, muchos continuadores del oficio ferroviario generación tras generación. Es una especie de dilatada familia, que, si añadimos la permanencia del Colegio Huérfanos de Ferroviarios, ha aportado a la sociedad leonesa y al país figuras de raro perfil desde distintos puntos de vista. Desde el maquinista Luis Zurdo Olivares hasta el progenitor de los componentes de la banda pop ‘Café Quijano’ pasando por la secuencia familiar de los Durruti Domingo y sucesores, sin omitir personajes como el malogrado ingeniero Cirilo Benítez Ayala que, fugaz residente en los primeros años (19)50, dejó marcada huella en jóvenes intelectuales leoneses.