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Por las mismas o inmediatas fechas en que los ‘primitivos’ españoles recorrían caminos de hierro al otro lado de los Pirineos, teníamos pateando el ibérico solar a una serie de observadores extranjeros deseosos de descifrar las claves de nuestra singularidad, el eterno español. Algunos, como el excepcional turista inglés Richard Ford, dejó testimonio -en su imponente ‘Manual para viajeros por España y lectores en casa’- de lo que se vislumbraba respecto al ferrocarril en la piel de toro. No debía de estar mal informado Ford cuando (‘Ruta 71: de Astorga a León’) se adelanta a los acontecimientos: “Las comunicaciones con León son poca cosa, y pocos viajeros llegan hasta aquí. Hay una diligencia que va a Valladolid y que, a veces, en su viaje de regreso, sigue hasta Oviedo y Gijón. Se proyecta, sin embargo, establecer una línea permanente cuando se complete la carretera que se está construyendo, y hay también la posibilidad de un ferrocarril hasta Oviedo y Avilés, e incluso hasta Madrid por Valladolid”.
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