A guisa de brújula para explorar este tema de los notarios primitivos del fenómeno ferroviario, es recomendable la lectura de ‘Los Ferrocarriles’, preámbulo del magnífico libro de Azorín Castilla (1912), allí donde califica al ferrocarril como “obra capital en el mundo moderno”.
Antes de entrar en la vertiente literaria, despejemos la cuestión de cómo los españoles –una minoría de lectores ilustrados- lograron obtener una idea gráfica del ferrocarril. En esto, como en casi todo, siempre es posible hallar precedente a cuanto se reputa de ‘lo primero’.
Si uno se pone exigente o puntilloso, debe darle la razón a Azorín cuando dice -en el capítulo ‘El primer ferrocarril castellano’- que “ya la idea de los trenes de vapor se había lanzado en España en 1830”.
Primer proyecto
Ese año, apareció impreso en Londres un Proyecto de Marcelino Calero y Portocarrero para construir un camino de hierro de Jerez de la Frontera al Puerto de Santa María. A esta memoria acompaña un mapa (un ‘plano de las inmediaciones de Cádiz’) y un curioso dibujo. Llevan dibujo y mapa esta leyenda: ‘Hízolo con la pluma don Ramón César de Conti, Londres, 20 de octubre de 1829’.
Por primera vez, acaso, debía aparecer ante la generalidad de los españoles que contemplaran el dibujo la imagen de un ferrocarril. Imagen casi microscópica. El dibujante ha representado un pedazo de mar y un alto terrero en la costa. En el mar se ve un vapor con una alta y delgada chimenea; allá arriba, en la costa, se divisa en el fondo una fábrica que lanza negros penachos por sus humeros, y luego, acercándose al borde del acantilado, aparece una extraña serie de carruajes. Delante de todos está un diminuto y cuadrado cajón con una chimenea que arroja humo; luego vienen detrás otros cajoncitos separados por anchos claros –un metro o dos tal vez – y unidos por cadenas. Debajo de tan raro tren, se divisa una raya sobre la que están puestas las ruedas de los vagones”. Hasta aquí la cita literal.
¿Un dibujo ‘ante-primero’?
Sólo un año después (1831) del prospecto de Marcelino Calero, se edita en Madrid la traducción del libro del ingeniero inglés Tredgold ‘Tratado sobre los caminos de carriles de hierro y los carruajes, máquinas de vapor y de gas, ya movibles o loco-motrices, ya estables, y cuanto conviene saber para construirlos’.
Los dibujos lineales del manual de Tredgold, traducido al español por el metalurgista Gregorio González Azaola, permiten visualizar los rudimentarios ingenios rodantes que arrastraban las primeras máquinas ‘loco-motrices’ o ‘locomotores’ que los Stephenson pusieron a rodar en la decana de las líneas férreas Stockton a Darlington, 1825, un tramo del recorrido Liverpool-Manchester, 1830. Por el motivo que fuere, puede que por desconocimiento, Azorín omite la publicación de las viñetas.
Hay que esperar a 1836 -un año antes de que echara a andar el primer ferrocarril español, bien que en Ultramar: La Habana-Bejucal-Güines- para poder contemplar entre nosotros la efigie perfeccionada, realista, de un tren.
En el Semanario Pintoresco del 2 de octubre de 1836, salen a la luz, por vez primera en España, imágenes de trenes; ingleses, por supuesto. Las xilografías arropan un reportaje de palpitante novedad: ‘Los Caminos de Hierro, que en España no han llegado a ponerse en práctica’.

“Jamás tal cosa se vió: / el comer en Barcelona / y el cenar en Mataró”
decía una hoja volandera, en 1848

Fundado ese año y dirigido por el popular escritor Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873), el Semanario contó enseguida con la colaboración de Enrique Gil y Carrasco, uno de los adelantados de nuestro Romanticismo y también ‘primitivo’ divulgador del ferrocarril cara al público español. No es inverosímil que los literatos españoles más madrugadores tuvieran la primera noticia del Ferrocarril merced al artículo aludido.
Invento revolucionario
En cuanto a la buena disposición de Bretón hacia el revolucionario invento, no se olvide que escribió (‘Epístola moral sobre las costumbres del siglo’, 1841) el terceto: “¡Oh Siglo del Vapor y del buen tono,/oh venturoso Siglo Diecinueve/o, por mejor decir, Décimonono!”.
Azorín, siempre avizor a lo que tenga relacion con trenes, se refiere también a otro dibujito: “En 1845 apareció en Madrid una interesante revista literaria, El Siglo Pintoresco. En la viñeta que adorna su primer número, vemos otra primitiva y extraña imagen, muy chiquita, de un ferrocarril. Figuran en la viñeta, como representaciones del trabajo y de los deportes, una imprenta, un jardín, una plaza de toros y ese microscópico tren. El tren lo componen un cajón alargado, con una chimenea humeante, puesta casi en la parte posterior, y detrás seis vagoncitos que marchan por la tierra, sin que se vea señal ninguna de rieles. Saludemos esta remembranza absurda y remota de los viejos ferrocarriles (…)”.

En ‘Los Ferrocarriles’, Azorín centra el tema: “Años antes de inaugurarse esos nuevos y sorprendentes caminos (alude a las vías del Barcelona-Mataró, 1848, y Madrid-Aranjuez, 1851), habían viajado por Francia, Bélgica e Inglaterra algunos escritores españoles; en los relatos de sus viajes nos contaron sus impresiones respecto de los ferrocarriles. Publicó Mesonero Romanos sus Recuerdos de viaje por Francia y Bélgica en 1841; al año siguiente aparecía el segundo volumen de los Viajes de Fray Gerundio por Francia, Bélgica, Holanda y orillas del Rin, de Modesto Lafuente”.
Y luego hay otra pluma romántica, la del berciano Enrique Gil y Carrasco (1815-1846), a quien debemos un Viaje a Francia, de 1844 en el periódico madrileño ‘El Laberinto’.
También Bécquer
Veinte años después de editarse los apuntes viajeros de Gil y Carrasco, Gustavo Adolfo Bécquer afirmaría triunfante en su crónica inaugural de toda la Línea del Norte, Madrid-Irún, en agosto de 1864: “Ya no hay Pirineos”. ¡Estos poetas!... ¿Habría leído el delicado autor de las ‘Rimas’ aquel soneto de Carolina Coronado, ‘A un poeta del porvenir’ (1843), donde la romántica extremeña vaticina: “Nosotros somos los que en gran cadena/lleva el vapor como la muerte al reo,/y nos arrastra desde el Ebro al Sena/ las entrañas rompiendo al Pirineo”.
Algo que a todos los primitivos les causaba una tremenda impresión eran los túneles. Para Lafuente, era “imponente entrar por primera vez en alguna de estas abovedadas galerías subterráneas”. Mesonero describía un tunnel (sic) como un “camino subterráneo perforado en una montaña”.
Mesonero, en ‘Recuerdos de viaje…’ y en paso trenero por Bélgica no puede sustraerse a la tentación de alabar, entre las utilidades del tren: “En el mismo día puede (el viajero), si gusta, dormir en Holanda o almorzar en Prusia, comer en Bélgica y cenar en Francia o Inglaterra, y todo sin las más mínima molestia, casi sin apercibirse de haber variado de sitio. Dígase después si es o no poética esta situación”.